lunes, 12 de mayo de 2008




Las hileras de palmeras solares me llevaron hasta una planicie de cemento. Aquí y allá, a lo largo de toda su extensión se situaban unidades y dobles de plantas estándar y vegetales organizados. Más o menos en el centro, una fuente de tres chorros nutría de agua rosada a unos canales tallados en piezas de mármol perfectamente encajadas en el cemento.
Ladrillos haciendo paredes sueltas, nunca habitaciones, ni techos, ni ventanas.
Desde la plaza de la colina de grava se podía ver la pared verde de Bali. Bali simulado. Una maraña de vegetales, galerias y curvas de las que emergían las fantasiosas arquitecturas de los balnearios y centros de relajación.
En el lado opuesto de la plaza, el mar encajado entre dos montañas rojizas.
Una vez rasgada la impresión láser del balneario fueron apareciendo, a fogonazos de luz, tigres, elefantes y dragones, los dioses shiva adornados con guirnaldas y flores de loto rosas. En la cueva oscura cuyo final se alejaba o acercaba excitando mi deseo, se quedó quieto mi cuerpo, unido al suelo de roca. Cara a cara con lo negro de terciopelo.

Ray, Denver, 2008


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